No hubo viento ni grandes gestos. Hubo casa.
Gus y Karla no quisieron una boda que se viera grande; quisieron una que se sintiera suya. Una hacienda de muros cálidos, encaje y lino, la familia cerca y la tarde entrando despacio por la celosía de ladrillo. Nuestro trabajo fue no estorbar.
Las fotos más nuestras de ese día no son las del beso — son las de antes: la mamá acomodándole el saco a su hijo, las manos de los dos en reposo sobre el encaje, un brindis de jugo de naranja en el que nadie miró a la cámara. Ahí, donde nadie posa, vive lo que vinimos a buscar.
Después llegó el sí, el aplauso de pie, la mejilla recargada con los ojos cerrados. Documentamos sin dirigir, esperando los gestos que no se repiten. Porque una boda no se mide por lo que se ve: se mide por lo que se queda.